Me llamo Pablo y nací en A Caridá, un pequeño pueblo del occidente asturiano. Como muchas personas que venimos de lugares pequeños, crecí con la sensación de que el mundo me brindaba una inmensidad de promesas, y que había que salir a buscarlas. Lo hice con los libros primero, viajando con ellos más lejos de lo que mis pasos podían llevarme. Y más tarde, con los lugares que he ido habitando a lo largo de los años.
He vivido en valles neblinosos, en pueblos con mar y en ciudades donde compartí piso con desconocidos que luego fueron amigos y amigas. Y en todos esos lugares encontré una constante: la literatura como casa portátil, como hilo que une mis orígenes con cada nueva experiencia. Esa convicción me llevó a las aulas y a la docencia, que con el tiempo se ha convertido en mi manera de habitar el mundo.
Estudié Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca, donde comprendí que vida y lectura podían entrelazarse con oficio y paciencia. Allí completé también el Máster en Literatura Española e Hispanoamericana. Más tarde, convencido de que quería ser profesor, cursé el Máster de Profesorado en la Universidad de Granada, realizando las inolvidables prácticas en el IES Virgen de las Nieves: mi primera experiencia docente.
Desde entonces, he dado clase en diferentes institutos públicos: en Tapia de Casariego, Langreo, Cangas de Onís, Ribadesella, Villarcayo y Medina de Pomar, mi destino actual y definitivo tras un largo recorrido por las oposiciones de dos comunidades autónomas.
He impartido Lengua Castellana y Literatura y Literatura Universal, en cursos de ESO y Bachillerato, siempre en la escuela pública y, casi siempre, en contextos rurales. Cada lugar me ha enseñado algo distinto. Las dinámicas de aula cambian, pero en todas encuentro una misma certeza: la necesidad de crear un espacio común y humano, con calma, donde se pueda aprender sin abandonarse en la vorágine de méritos y agobios.
Ese peregrinaje me enseñó también a reconocer los límites de nuestra profesión: la burocracia que ahoga, la improvisación que desgasta, la sensación de no llegar a todo. Al principio, no dormía bien; la presión me acompañaba a casa y se quedaba pegada en las paredes de mi cuarto cada noche. Con los años aprendí a buscar soluciones: organizarme mejor, automatizar lo que se repetía, diseñar materiales reutilizables sin que perdieran vida. Esa búsqueda es, en gran medida, la raíz de lo que hago hoy.
De todo ese camino surge Una lumbre en el aula. No como ocurrencia pasajera, sino como respuesta y propuesta al desgaste que tantos compartimos en esta profesión. Este proyecto es mi forma de reunir lo aprendido: materiales descargables, ideas prácticas, formación crítica. He querido construir un espacio donde compartir lo que me ha servido, lo que he creado con tiempo y ganas, lo que creo que puede ayudarte a enseñar sin rendirte y sin perderte.
La metáfora de la lumbre no es casual. En las casas antiguas del norte, la lumbre era el centro: alrededor de ella se comía, se hablaba, se compartía. No era un fuego deslumbrante, sino una llama constante que acompañaba. Eso es lo que quiero que sea este proyecto: un lugar discreto pero necesario, que dé calor y claridad, que alivie la saturación y devuelva sentido a nuestro trabajo.
Ojalá al entrar aquí sientas un poco de esa calma. Ojalá encuentres un recurso que te sirva, una idea que te inspire o simplemente el recordatorio de que enseñar también puede ser más sencillo y más humano.
Con afecto y gratitud,
Pablo
